Little Princess

03 October, 2010

Erase una vez una niña más, como tantas otras, con enormes ojos verdes de mirada perdida.
Frágil, complicada e irrealista.
Y que siempre veía una luz, donde los demás se empeñaban en ver sombras.
A la niña le encantaba escribir cuentos, le encantaba construir castillos de papel, y que sus pálidas muñecas también los viviesen.
Como tantas veces, se tumbó en el suelo con una página en blanco.
Y como tantas veces, escribió un extraordinario cuento de hadas.
Lo había hecho cada día, durante años.

Pero una noche…
Nadie sabe qué le rompió la sonrisa,
Una gota de tinta cayó sobre el final de su cuento: “…felices para siempre.”
Nadie habría imaginado que abriría los ojos, que despertaría de su sueño, pero su caja de cristal se quebró,
esa que guardaba la realidad prohibida de sus cuentos.
Esa de la que negaba su existencia.
Y es que las ilusiones son tan escurridizas…
La niña de la mirada perdida dejó de creer en felicidades eternas y princesas encantadas.
Sangre rosa comenzó a recorrer sus manos, se había cortado con el papel.
Se acurrucó en un rincón de su habitación y gritó de dolor.
  No podía escribir de rosa, si en el mundo que la rodeaba, existía el negro.

Uno a uno, destrozó sus castillos de papel, y las muñecas murieron dentro de sus cuentos.
Desgarró cada una de las páginas que cubrían las paredes de su habitación,
y cosió sus ojos, como había visto hacer a tantos otros. Aquellos que su mente cegaron hace años y que procuran no desvendar. Aquellos que maquillaron de color el negro.
Se tragó cada una de las palabras, con el anhelo de no volver a verlas.
De olvidarlas para siempre, ya que otros, siempre ignoraron su significado.
Se tragó cada “Érase una vez”, y cada “Fin”.
Se tragó los colores, las libélulas, la lluvia y hasta los sueños.



Y entonces, lágrimas de tinta recorrieron sus mejillas rosadas.
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